![]()
Hay
varios factores que llevan a la separación y al divorcio de los
matrimonios, y por consiguiente a la desintegración del núcleo familiar.
Uno de los más determinantes es el adulterio, es decir, la infidelidad
conyugal. En el libro del profeta Malaquías, Dios nos revela que Él odia
el divorcio: «Yo aborrezco el divorcio —dice el SEÑOR, Dios de Israel»
(2:16). De ahí que deteste tanto el adulterio, que con frecuencia lleva al
divorcio. «¿No saben que los malvados no heredarán el reino de Dios? ¡No
se dejen engañar! Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros,
ni los sodomitas, ni los pervertidos sexuales, ni los ladrones, ni los
avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los estafadores
heredarán el reino de Dios» (1 Corintios 6:9-10). El adulterio debilita el
vínculo matrimonial que Dios estableció; el divorcio lo rompe. A fin de
comprender mejor lo que Dios espera de nosotros, vamos a considerar el
adulterio y el divorcio en términos de mandamiento, símbolo y voto.