
Hay
un factor trágico que acarrea la desintegración familiar: el vicio. Ya sea
el alcohol, la droga, la adicción sexual o los juegos de azar, el vicio
destruye no sólo a la persona a la que tiene esclavizada sino también a
las personas que la rodean. En demasiados casos esas personas son su propia
familia. Esto se debe a que, como dice el gran proverbista, el vicio domina
la mente y el corazón del cautivo, y no le concede el uso de la razón.
«No te fijes en lo rojo que es el vino, ni en cómo brilla en la copa, ni
en la suavidad con que se desliza; porque acaba mordiendo como serpiente y
envenenando como víbora. Tus ojos verán alucinaciones, y tu mente
imaginará estupideces. Te parecerá estar durmiendo en alta mar, acostado
sobre el mástil mayor. Y dirás: "Me han herido pero no me duele. Me
han golpeado, pero no lo siento. ¿Cuándo despertaré de este sueño para
ir a buscar otro trago?"» (Proverbios
23:31-35). «También sacerdotes y
profetas se tambalean por causa del vino, trastabillan por causa del licor;
quedan aturdidos con el vino, tropiezan a causa del licor. Cuando tienen
visiones, titubean; cuando toman decisiones, vacilan» (Isaías 28:7).
continúe...