14 ago 2018

«Sin pero, sólo Dios del cielo»

por Carlos Rey

Hubo una vez un editor que, luego de haber corregido de principio a fin cierta obra suya, estaba tan confiado de que no había quedado ningún error en el texto que mandó estampar esta nota al final: «El presente volumen, acabado de imprimir el día tanto de tantos, no contiene ninguna herrata». ¡Y escribió errata con h inicial, y esa sí que no la lleva!

Esta anécdota es la última que cuenta el escritor español Luis Junceda en su obra acerca «del origen y la historia de más de 800 refranes» titulada Del dicho al hecho. El lector desprevenido bien pudiera pasarla por alto debido a que no aparece sino hasta el final, después de los índices, donde suele insertarse una lista de errores tipográficos con la enmienda que de cada uno debe hacerse, llamada Fe de erratas. Junceda ingeniosamente aprovecha esa página antes de la contratapa para abordar su último refrán, que tiene que ver precisamente con ese tema. Y se vale de la anécdota para asegurarnos que, si bien él se ha esforzado al máximo por evitar que haya quedado una sola errata, no va a atreverse a garantizar tal cosa, no sea que le suceda lo mismo que a aquel editor.

El refrán que la anécdota ilustra es: «Sin pero, sólo Dios del cielo». Pero como si ese refrán no bastara, el incisivo autor asturiano nos deja a nosotros, a modo de añadidura, otros dos refranes afines, y le da a Dios la gloria. «Así, pues, lector amigo —concluye Junceda— cada uno venda lo que pregone, y a más no se entone, que mejor es abajarse que descabezarse. Laus Deo.»1

Lo cierto es que tanto la sabiduría popular, de la que proceden nuestros refranes, como Junceda, quien los recoge y estudia, tienen razón: El único sin pero, es decir, el único que no tiene defecto alguno, es Dios mismo. Pero conste que es tan cierto que sólo Dios es perfecto como lo es que los seres humanos, por el contrario, no lo somos en absoluto.

Es que, por una parte, las Sagradas Escrituras enseñan que Dios el Padre, que está en el cielo, es perfecto.2 Y también dicen que su Hijo Jesucristo se rebajó voluntariamente para hacerse hombre y llevar una vida perfecta.3 Pues Él sabía que sólo así llegaría a ser el sacrificio perfecto para sufrir el castigo y borrar las culpas por nuestros pecados.

Por otra parte, las Sagradas Escrituras declaran que, a diferencia de Jesucristo, que jamás pecó, todos nosotros, sin excepción alguna, somos pecadores.4 Pero también dicen que Dios envió a su único Hijo al mundo para llevar nuestros pecados en la cruz, a fin de que pudiéramos quedar perfectamente limpios de esas erratas morales y espirituales.5 Más vale entonces que le pidamos perdón y que, luego de darle las gracias, le demos también, así como Junceda, la gloria que sólo Dios merece. ¡Laus Deo!


1 Luis Junceda, Del dicho al hecho (Barcelona: Ediciones Obelisco, 1991), p. 317.
2 Mt 5:48
3 Fil 2:5-8
4 Sal 14:1-3; 53:1-3; Ro 3:10-12,23
5 Jn 3:16; 1P 2:24; 1Jn 1:9