22 oct 2014

PADRES QUE ESTÁN EN LAS NUBES

por Carlos Rey

¡Qué imponente se veía él en el horizonte! Desde su envidiable posición en el cielo, divisó el hermoso cuerpo de una mujer. Como se le antojó hacerlo, dejó que cayera una gota de agua sobre aquel cuerpo femenino, y se alejó flotando en busca de otras aventuras.

Pasaron nueve meses, y la mujer dio a luz mellizos. Éstos no le ofrecieron mayor problema hasta que crecieron y le preguntaron quién era su padre.

—­Mañana por la mañana —les dijo ella—, miren hacia el oriente. Allá lo verán, erguido en el cielo como una torre.

Una vez que creyeron haberlo reconocido en la distancia, los mellizos atravesaron tierra y cielo hasta llegar al lugar donde se encontraba. Pero él, acostumbrado a tales peregrinaciones, les exigió pruebas de que eran hijos suyos. Uno de ellos lanzó a la tierra un relámpago, y el otro un trueno, pero no lograron convencerlo hasta que atravesaron una inundación y salieron intactos. Eso era para él prueba concluyente de su paternidad, así que les hizo un lugar a su lado, acomodándolos entre sus numerosos hermanos y sobrinos.1 Y a partir de ese día Nube permitió que los mellizos lo llamaran papá.

Con esa leyenda indígena del Nuevo Mundo se identificaban plenamente los conquistadores españoles que lo descubrieron. ¡Quién sabe cuántos hijos ilegítimos habrán dejado abandonados ellos en las muchas tierras a las que su sed de aventura los había llevado! Esos hijos también crecerían, y llegarían a saber que eran los primeros niños mestizos abandonados de América.

Sobra decir que sus egoístas padres españoles debieron haberlos criado y cristianizado, sobre todo si se tiene en cuenta que ésa era una de las razones más contundentes que daban para justificar la Conquista. De haber sido así, a esos niños se les pudiera haber instruido en cuanto a lo que la Biblia dice acerca del Creador. «Dios hizo la tierra con su poder, afirmó el mundo con su sabiduría, ¡extendió los cielos con su inteligencia! —exclama el profeta Jeremías—. Cuando él deja oír su voz, rugen las aguas en los cielos; hace que vengan las nubes desde los confines de la tierra.»2

De haber conocido ese pasaje bíblico, cualquiera de aquellos niños abandonados hubiera anhelado que Dios tratara a los padres de familia con el mismo rigor con que trata el firmamento, es decir, que los obligara a ser hombres responsables, caballeros de honor, con entereza de carácter. Pero, de haber conocido el resto de las Sagradas Escrituras, esos niños desamparados habrían sabido que, si bien Dios jamás nos obliga a que nos portemos como es debido, Él ha hecho lo máximo por acercarse a nosotros. Por eso el nombre con que se dio a conocer cuando vino al mundo para salvarnos es Emanuel, que quiere decir: «Dios con nosotros».3 Y por eso, como última medida antes de volver al cielo, prometió estar con nosotros siempre, ¡hasta el fin del mundo!4


1 Eduardo Galeano, Memoria del fuego I: Los nacimientos, 18a ed. (Madrid: Siglo XXI Editores, 1991), p. 6.
2 Jer 10:11-13
3 Mt 1:23
4 Mt 28:20