20 oct 2017

«CON EL SUDOR DE TU FRENTE»

por Carlos Rey

Cuando Marco Antonio Rosa tenía siete años, le tocó ir a vivir con sus tías en Tegucigalpa. Sus «profesoras del arte culinario» fueron Tía Maclovia y tía Plácida. Para estimularlo a hacer los trabajos menos deseables de la cocina, le decían que en los Estados Unidos de América los médicos, los abogados y hasta los gobernantes «tomaban clases para aprender a lavar platos y vasos a la perfección».

Fue así como, según lo cuenta él en su obra popular titulada Mis tías «las Zanatas», aprendió «a batir con paciencia y vigor la espesa miel hecha de “dulce de rapadura” con que confeccionaban las melcochas. A esta pasta se le daba una forma cilíndrica y luego se colgaba por [la] mitad, de un fuerte clavo, procediendo después a tomar con la izquierda uno de los extremos de ella y con la derecha el otro. A renglón seguido, ora con una, ora con la otra mano, se estiraba la pasta, doblándola después sobre el mismo clavo, luego volviéndose a estirar y volviendo a doblarla... y así sucesivamente se repetía la operación cincuenta, cien veces o las necesarias hasta lograr que esa oscura miel adquiriese un rubio platinado, color indispensable para la rápida demanda de las famosas melcochas que a los escolares y no escolares vendía en gran bulla la famosa pulpería de las Zanatas. Para cuando este dulce estaba en punto, el batidor sudaba más que un caballo de estanciero en pleno verano y en un día de trajín...»1

¡Qué imágenes tan gráficas las que nos pinta Marco Antonio Rosa! Si bien a muchos nos hace recordar la melcocha, también nos recuerda el esfuerzo que exige el tener que ganarse el pan con el sudor de la frente. Pero conste que esa no es una «frase hecha» por el hombre ni por ninguna cultura en particular, sino por Dios mismo. Procede del Génesis bíblico, en el que se narra primero la historia de la creación del ser humano, y luego la historia de su caída.

Por comer del fruto del árbol prohibido, Dios le impone a Eva, la primera mujer, el castigo de fuertes dolores en sus futuros partos, y a Adán, el primer hombre, el castigo de penosos trabajos todos los días de su vida. «Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado», le dice Dios a Adán.2

Sin embargo, ese no es el fin de la historia. Gracias a Dios, Él envía a su Hijo Jesucristo al mundo para salvarnos de ese pecado. Pero el plan que diseña exige el sacrificio de la vida de ese Hijo único suyo. Por eso Jesucristo, en su angustia la noche antes de morir en la cruz por nosotros, ruega al Padre celestial con tanto fervor que su sudor es como grandes gotas de sangre que caen hasta la tierra. Aun así, no se niega a beber ese trago amargo, sino que se dispone a cumplir la voluntad divina.3 Porque es tal su amor por nosotros que muere en nuestro lugar, para que todos los que creamos en Él no nos perdamos, sino que tengamos vida eterna.4


1 Marco Antonio Rosa, Mis tías «las Zanatas», 10a. ed., corregida y aumentada (Tegucigalpa: Graficentro Editores, 2015), pp. 11-14.
2 Gn 3:19
3 Lc 22:41-44
4 Jn 3:16