24 nov 2014

UNA REVOLUCIÓN CASERA

por Carlos Rey

«Hablando del Buenos Aires de fines de siglo, recuerdo que mi madre me contaba acerca de la participación de mi abuelo en la Revolución del 90, una revolución un poco casera. Mi abuelo salía todas las mañanas de su casa, en Tucumán y Suipacha, y se iba caminando hasta la “revolución”, que quedaba en la plaza Lavalle. Después, a la noche, volvía a comer. Y a la mañana siguiente (a la noche se iban todos a dormir) volvía a la “revolución”. Supongo que todos no se irían, algunos quedarían. Pero me imagino a mi abuelo yéndose y a los revolucionarios saludándolo: “Hasta mañana, don Isidro.”»1

Si bien en esta anécdota personal el poeta argentino Jorge Luis Borges pone en tela de juicio la revolución argentina de 1890, más razón tenemos nosotros para cuestionar las otras tantas llamadas revoluciones de los últimos siglos que ni siquiera se han propuesto llegar al fondo de la verdadera problemática social. Esto se debe a que el problema de toda sociedad consta de la suma de las partes de cada uno de sus miembros.

En la década de 1970 llegó a popularizarse una canción que dice: «No, no, no basta rezar: hacen falta muchas cosas para conseguir la paz.» La canción da por sentado que la meta de cada sociedad es vivir en paz y con cierta prosperidad, sin que nadie explote al prójimo. No cabe duda de su tesis implícita, de que es necesaria una revolución social. Lo que no reconoce la letra de esa canción es que la paz colectiva sólo se logra mediante el conjunto de «paces» individuales. ¿Pero cómo se consigue esa paz interior?

La respuesta es más evidente de lo que generalmente pensamos. «No es del otro mundo» en un sentido de la expresión, y sí lo es en otro: la paz interior viene de afuera, del Príncipe de paz, el Señor Jesucristo. Antes de dejar este mundo Cristo les dijo a sus discípulos: «La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo.»2 San Pablo se refirió a ella como «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento».3 ¿Por qué? Porque es extraordinaria, de origen extraterrestre. Dios la compró con la sangre de su único Hijo que envió al mundo para morir por los pecados de cada uno de nosotros, no de un mundo cósmico sino de un mundo de personas que tanto la necesitan.

¿Qué hace falta, entonces, para conseguir esa paz? Aceptar como Salvador personal al Señor Jesucristo, el más grande revolucionario de todos los siglos. Él es el único que sabe llegar al fondo de los problemas del ser humano, pues lo revoluciona desde adentro hacia afuera. Y es cierto, no basta rezar. Hay que orar con toda sinceridad y llevar al campo de batalla espiritual esas oraciones sembrando la paz en todas partes al presentarle al mundo el Príncipe de paz. ¿Qué esperamos? ¡Hagamos esta revolución!


1 Esteban Peicovich, Borges, el palabrista (Madrid: Editorial Letra Viva, S.A., 1980), p. 195.
2 Jn 14:27
3 Fil 4:7