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Caso 147

Después de veinticinco años de casados, me enteré de que mi esposo tuvo un romance hace diez años y nació una hija. Me enfurecí mucho y quise separarme de él. Hemos venido aceptando lo sucedido con el pasar del tiempo, y un día me confesó que, después de que me enteré, nunca más ha ido a ver a su hija, que debe tener nueve años, y que no le interesa tener ningún contacto con ella ni con su mamá. Él me dice que tomó esa decisión por mí, para que yo no sufra. Pero sé que el que sufre es él, porque es un hombre responsable.

Yo no sé qué hacer, si decirle que la busque o dejar eso así. Su decisión me hace sentir culpable, aunque no quiero que nada dañe mi matrimonio.

Consejo

Estimada amiga:

Nos alegra que le haya hecho caso a su conciencia, la cual le está haciendo ver que no es justo que una inocente niña pierda a su papá. Sin duda, usted no quiere ser la causa de que una pequeña sufra el resto de su vida porque la abandonó su padre.

Por supuesto que su esposo hizo lo indebido. Cometió adulterio y pecó contra usted y contra Dios. Y la niña es una consecuencia de ese pecado. ¡Pero ella es inocente! ¡No hizo nada malo! ¿Qué gana con hacerla sufrir por el pecado de su esposo?

Uno de los Diez Mandamientos es no cometer adulterio. ¿Por qué consideró Dios que tenía tanta importancia como para que fuera una de las diez normas de conducta esenciales? Precisamente porque Él ama a los niños inocentes, se interesa en el bienestar de ellos y quiere asegurarse de que disfruten de las mejores oportunidades en la vida como parte de una familia estable y amorosa. Esa hija de su esposo jamás tendrá la oportunidad de vivir en un hogar con mamá y papá. Nunca sentirá la estabilidad que resulta de esa relación. Más bien, vivirá con una madre soltera o con un padrastro. Aun si ellos se esfuerzan al máximo, esa situación no es la ideal. No es el plan perfecto de Dios para nadie.

Le instamos a que tome la decisión de no relacionar en sus pensamientos a esa niña con el pecado de su esposo ni con la madre de ella. Dígale a su esposo que sienta la libertad de invitar a su hija a la casa de ustedes. Aprenda a amarla, no porque usted acepta lo que hizo su esposo, sino porque sabe que ella es inocente. De hacerlo así, en vez de dañar su matrimonio, profundizará el aprecio y el amor que su esposo le tiene a usted.

No será fácil. Es obvio que la niña la verá a usted como la rival de su mamá. Tal vez la trate con desprecio al principio. Si eso sucede, ábrale las puertas de su hogar de todos modos y permítale pasar tiempo allí con su papá mientras usted se mantiene alejada en otra parte de la casa. Pero siempre recuerde que la relación que sostiene su esposo con esa hija no es nada de lo que usted debe ponerse celosa. El amor que él siente por ella es diferente del que siente por usted. Se portará usted como una mujer muy sabia si aprende a aceptar a esa pequeña del mismo modo en que ha llegado a aceptar lo que hizo su esposo.

Le deseamos lo mejor,

Linda y Carlos Rey

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