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Caso 48

Desde hace cuatro años, comencé a trabajar ya recién salido del colegio.... Desde ahí, no he podido controlar el asunto de posesión de dinero... por querer tener desde ya lo que con paciencia pude haber obtenido (hoy ya lo reconozco cuando es tarde). Decidí empezar a sacar préstamos, tarjetas de crédito.... Comencé a comprarme cosas que siempre quise tener por estos medios....

Reitero que, sin saber las consecuencias, lo hice de manera desmedida, y hoy en día... estoy endeudado de tal manera que no sé cómo salir de esto... Quisiera que compartan esto con las personas que nunca lo han hecho [para que] tengan cuidado con el asunto del endeudamiento porque, créanme, esto hoy en día me ha robado la paz....

Consejo

Estimado amigo:

Si bien lamentamos mucho que las deudas le hayan robado la paz, nos alegramos de que haya optado por contarnos su caso en medio de su angustia a fin de advertirles a otros que a ellos les pudiera suceder lo mismo.

Es interesante que no nos haya dicho siquiera lo que compró con el dinero. ¿Acaso compró ropa nueva o una computadora? ¿O tal vez un auto nuevo o hasta una casa? Las cosas que usted no pudo esperar para comprar ni siquiera las menciona ahora debido a las consecuencias que ha sufrido. El gozo que sintió al vestir la ropa nueva o al usar la computadora se ha esfumado, y en su lugar han quedado la desesperanza y la falta de paz. Usted sólo quisiera poder hacer retroceder el tiempo y volver a comenzar, sabiendo lo que sabe ahora: que las posesiones materiales no compensan la miseria que acarrean las deudas.

Jesucristo contó la historia de un joven que no podía esperar para tener todo lo que quería.1 Convenció a su padre de que le diera su herencia antes de tiempo para poder disfrutar de ella inmediatamente. No quería esperar hasta que muriera su padre o hasta que él mismo tuviera más edad y más sabiduría. Estaba empecinado en lo que quería, ¡y lo quería todo de inmediato! Así que su padre le dio la herencia y, en poco tiempo, la había malgastado por completo. El joven después no tenía con qué comprar nada y tenía tanta hambre que llegó a codiciar hasta la comida que les daba a los cerdos que le tocó cuidar. Más que cualquier otra cosa, él quería poder volver a comenzar, así como quiere usted. Y al igual que usted, no fue sino hasta que ya era demasiado tarde que aprendió que no es prudente ser tan impaciente.

La paciencia es una virtud que no es muy popular en la actualidad. La facilidad de obtener dinero prestado ha hecho que muchos caigan en la trampa de comprar cuanto antes, al parecer sin preocuparse por cómo han de pagar las cuentas después. Si así actúan los gobiernos de las naciones, ¿por qué no han de seguir ese patrón de conducta los ciudadanos? De ahí que las naciones estén tan endeudadas, que sus ciudadanos estén tan endeudados, y que la paz interior sea tan difícil de hallar. La crisis financiera mundial que todos estamos experimentando actualmente es resultado del mismo problema que usted nos ha confesado. ¡Así que usted no es el único!

Con razón que Salomón, el hombre que le pidió a Dios sabiduría, dijera: «Más vale ser paciente que valiente.»2 El que es valiente tiene fortaleza física, y la usa para luchar por lo que considera bueno. En cambio, el que es paciente tiene fortaleza moral, y la usa para luchar por un futuro más seguro. Quienes han aprendido el secreto de la paciencia, junto con el trabajo honrado, por lo regular son los favorecidos a la postre.

Por ahora, deshágase de sus tarjetas de crédito y elimine sus cuentas de crédito. Determine que va a vivir gastando menos de lo que gana y a pagar sus deudas poco a poco, aunque le tome mucho tiempo hacerlo. El solo hecho de seguir ese proceso le enseñará paciencia.

En cuanto a la paz que busca, sólo hallará la verdadera paz cuando le entregue todo a Dios y le pida que dirija su vida. Él lo ayudará en la larga prueba que tiene por delante.

Le deseamos la paz verdadera,

Linda y Carlos Rey
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1 Lc 15
2 Pr 16:32

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