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Caso 56

Tengo sobrepeso, treinta y cinco kilos de más. Mi vida es un desastre. No salgo a la calle. Mis hijos me piden que los lleve a la plaza, y yo les digo que no, que están locos si creen que yo voy a salir [así]. No los voy a buscar al colegio porque no quiero que las otras madres me digan que estoy cada vez más obesa. No soporto esa crítica.

En más de una oportunidad pensé en suicidarme y acabar con este martirio. Mi esposo me pide que salgamos, y eso me enoja mucho. Le digo que si no entiende que no quiero salir. Sé que debería dejar de alimentarme de mala manera y que, al contrario, tengo que salir para distraerme. Pero eso lo pienso a la noche, y cuando amanece, todo es como antes.

Consejo

Estimada amiga:

Lamentamos el dolor que usted sufre. Es evidente que lleva una vida desdichada. Si bien es obvio que es triste para usted, es realmente trágico para el resto de su familia.

No vamos a darle ningún consejo con relación a su sobrepeso. Ese es un asunto médico y a veces psicológico que es demasiado complejo para este breve foro. Investigaciones recientes indican que el perder peso no es fácil para nadie, pero sobre todo para los que son obesos. Le instamos a que consulte a un médico de inmediato para ver qué opciones tiene. Sea del todo sincera en cuanto a cómo su sobrepeso está afectando a toda su familia. Si el médico a quien consulta no puede ayudarla, busque a otro que sí la ayude.

También es evidente que usted tiene un esposo amoroso e hijos maravillosos que han sido víctimas de su egoísmo. Usted se está portando de un modo egocéntrico e insensible ante las necesidades de sus seres más queridos, cuando el qué dirán le importa más que la felicidad de su esposo y de sus hijos. Da lo mismo que sea el sobrepeso, o una mancha de nacimiento o una gran verruga en la nariz: las anormalidades físicas forman parte de la vida de muchas personas. Es triste que usted haya permitido que afecte a tal grado su felicidad; pero es trágico que haya obligado a su familia a ser víctimas de esa desdicha.

Le convendría comenzar a memorizar las siguientes palabras del apóstol Pablo: «Consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio.»1 Cuando usted piensa en esas palabras, pregúntese: «¿Qué es puro, o amable o digno de admiración en mi vida?» Haga una lista de todas sus bendiciones. Cambie su manera de pensar. En lugar de pensar en sí misma de un modo constante y obsesivo, concéntrese en las personas y en las cosas buenas que la rodean. Pregúntese lo que haría feliz a su esposo, ¡y luego hágalo! Piense en cómo pudiera hacer más felices a sus hijos. Cuando ellos le piden que los saque a pasear, ¡salga con ellos! Si usted piensa que la gente la está mirando o hablando mal de usted, recuerde que es más importante la felicidad de sus hijos que esa molestia pasajera.

El amor propio y el cuidado de la apariencia personal son muy importantes. Pero el concentrarse de continuo en sí misma a expensas de quienes la rodean es buscarse problemas, tanto en las relaciones humanas como en el contentamiento personal. La verdadera felicidad es resultado de dar y de compartir con los demás. A medida que usted comparta más momentos felices con los miembros de su familia, se sentirá más satisfecha porque sabrá que está satisfaciendo a su vez las necesidades de ellos. Y cuando usted sienta más satisfacción, tendrá más fuerzas para luchar con la cuestión de su peso.

Si usted hace caso omiso de nuestro consejo y sigue por el mismo rumbo que lleva hasta ahora, es probable que aleje a su esposo a tal grado que él la abandone. Y a medida que crecen sus hijos, también ellos van a querer alejarse de usted. Esto no tendrá que ver de manera alguna con el sobrepeso suyo sino con su egoísmo. Pero no tiene que suceder así. Usted puede cambiar.

¡Comience hoy mismo!

Linda y Carlos Rey
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