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Caso 332

Desde casados, hace dieciocho años, he recibido maltrato verbal y físico.... Mi esposo, cuando lo conocí, era diácono, y luego llegó a ser pastor; pero eso no le impedía golpearme hasta dejarme con moretones en el cuerpo y hacerme sangrar. Una vez quedé inconsciente, pues intentó estrangularme. Recientemente lo volvió a hacer. [Como mi esposo es] el pastor, me da vergüenza y no puedo contarlo. Golpeó a mi hija de quince años porque ella me quiso defender.

Consejo

Estimada amiga:

¡Lamentamos mucho todo lo que usted ha tenido que sufrir! Es trágico que hombres o mujeres que profesan estar dedicados a Dios y a su obra guarden tales secretos en su vida privada. A veces cometen adulterio, otras veces desfalco, y como en el caso suyo, otras veces proceden con enojo y violencia. Estos «lobos feroces disfrazados de ovejas», tal como se refiere a ellos Jesucristo mismo,1 se valen de su poder y de su puesto en la iglesia para manipular a su familia y a quienes pudieran descubrir su secreto vergonzoso.

A modo de ilustración, Cristo los compara con árboles que dan fruto. Dice que así como un árbol malo no puede dar buen fruto, tampoco un árbol bueno puede dar mal fruto.2 En este caso, su esposo es el árbol que a los ojos de muchos parece ser bueno, pero el fruto que está dando es malo. La violencia doméstica siempre es mala y siempre peligrosa, sin excepción alguna. De modo que su esposo es un «falso profeta», como lo califica Cristo,3 que está engañando a una congregación de personas que lo tienen a él como su guía espiritual.

Además, su esposo, mediante su conducta, está haciéndole daño igualmente a su hija adolescente, enseñándole que los líderes religiosos son farsantes y que no puede confiarse en ellos. Ella, y la congregación, bien pudieran tener futuros conflictos espirituales debido a que su esposo los ha engañado a todos, y lo ha hecho en el nombre de Cristo. No vaya usted a pensar que es la única persona a quien se está hiriendo; la conducta malvada de él los está hiriendo a todos ustedes.

Lo primero que debe hacer usted es protegerse físicamente para que su esposo no pueda seguir lastimándola. Si su país tiene leyes contra el abuso conyugal, acuda a la policía y denuncie todo lo que su esposo ha hecho. Si tiene evidencia que la respalde, tal como fotos de sus heridas, o informes de clínicas u hospitales o de testigos, entonces presente también esas pruebas. De ser posible, pida una orden de protección para que él no pueda estar cerca de usted ni de su hija en el futuro. Aproveche todo recurso que le ofrezca su sistema judicial. Su esposo debe ser encarcelado a causa de su conducta, así que no dude en hacer lo que pueda para que esto suceda.

Si su esposo tiene credenciales con una asociación de ministros, entonces informe al supervisor acerca de la conducta de su esposo. Si la iglesia misma elige al pastor, entonces reúnase con los diáconos y cuénteles todo lo ocurrido.

Luego dígaselo a todo el mundo. El guardar esta clase de secreto permite que siga sucediendo. Usted no tiene razón alguna de sentirse avergonzada. Es él quien hizo esto, y usted es quien tiene que hacerle frente a esta maldad en su familia y en su iglesia. Si más mujeres delataran a los esposos violentos en estos casos, habría mucho menos abuso conyugal. ¡Dé usted el primer paso!

Este consejo, en definitiva, puede transformar su vida. Y no hay duda alguna de que, si usted lo sigue, cambiará radicalmente la vida de muchas personas de aquí en adelante. Pero ¿qué pasa si no sigue nuestro consejo y él termina por matarla, ya sea a propósito o por falta de dominio propio? Piense en su hija. Ella la necesita a usted. Hágalo por ella y porque es lo que debe hacerse.

Le deseamos lo mejor,

Linda
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1 Mt 7:15
2 Mt 7:16-20
3 Mt 7:15

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